Al menos le parecía a él que habían entablado un diálogo, seco pero carente de amenazas a su integridad física. Por un momento pensó que se iba a entrevistar con alguna otra persona de mayor autoridad a la que podría ofrecer dinero a cambio de su libertad. Ni por un instante quiso recordar que les había visto la cara a todos y que eso no podía querer decir más que una cosa obvia: corría considerable peligro.

– Sígame, por favor -dijo el jefe.

A Kees le sorprendió que fuera más corpulento de lo que le había parecido en el interior del coche. Andaba con lentitud por entre la maleza, escogiendo con cuidado el lugar en el que ponía cada paso. Kees echó a andar tras él. Cerraban la marcha los tres restantes secuestradores. Cuarenta o cincuenta metros más allá el jefe se detuvo ante lo que parecía un montón de tierra recién excavada. Se volvió hacia Kees con aire resignado.

– ¿Qué…? -preguntó éste con franca alarma. Pero nunca supo cuál sería la contestación a su pregunta. Detrás de él, Nick Kalverstat había extraído una pistola Magnum que parecía doblemente gigantesca por el silenciador que llevaba atornillado al cañón. Sin decir una palabra, se acercó al empresario, le apoyó la pistola contra la coronilla e hizo un solo disparo. Como tenía la punta limada en cruz, la bala se abrió al perforar el cráneo y, arrastrando parte de la masa encefálica, arrancó la frente y el arco de la nariz de Van de Wijn, rompiéndole la cabeza como si fuera un melón maduro.

El gorila de la derecha eructó con violencia y le cayó un poco de saliva por la comisura de los labios. Nick rió con su graznido histérico.

– Vamos -dijo Hank Kalverstat con sequedad.

El segundo gorila sacó un gran cuchillo de monte de una funda que llevaba sujeta a la cintura. Se aproximó al árbol que quedaba a su derecha e, inclinándose, cogió una piedra lisa que estaba apoyada contra el tronco. Giró sobre sí mismo y con dos pasos se puso al lado del cuerpo de Kees, que estaba caído de bruces frente al montón de tierra excavado.



11 из 254