Poniéndose en cuclillas, agarró con firmeza la mano izquierda del muerto, colocó la piedra debajo de ella y con un golpe seco del cuchillo de monte le cortó cuatro dedos. Con su propio pulgar e índice, cogió el anular seccionado en el que lucía un pequeño anillo de brillantes. Alargó el brazo como si quisiera apartar de sí el dedo de Kees y se incorporó.

Hank, mientras tanto, había extraído unos guantes de látex del bolsillo izquierdo de su chaqueta y se los había puesto. Luego, del derecho, había sacado un pequeño sobre acolchado y forrado de plástico transparente. Sin una palabra se acercó al gorila que sujetaba el dedo de Kees y presionó sobre los lados del sobre para que se abriera la embocadura. El gorila dejó caer el dedo dentro. Hank cerró primero el plástico que había sido encolado con anterioridad y después hizo lo propio con el sobre. Se lo metió en el bolsillo y se quitó los guantes. Los tiró a la fosa y se volvió a mirar a sus tres cómplices. Bajó la vista y escogiendo con cuidado el camino por donde colocaba cada pie empezó a andar en dirección a donde había quedado el Mercedes.

Acercándose a la improvisada fosa, Nick y los dos gorilas tiraron a ella sin miramiento el cadáver de Kees, la piedra ensangrentada y los tres dedos que habían quedado cortados sobre ella. Con mayor cuidado, llenaron la fosa de tierra y. acabaron tapando el túmulo con hojarasca y maleza. Cuando hubieron terminado, hicieron una última comprobación muy minuciosa para cerciorarse de que no quedaba rastro reconocible de su paso y emprendieron el regreso hacia el automóvil.

– Ha salido de miedo -dijo Nick cuando volvió a estar sentado detrás del volante.

– Cállate y conduce -contestó con sequedad su hermano.

Con gran prudencia y muy despacio salieron del bosque y desandaron el camino hecho por la carretera secundaria. Dos kilómetros más allá, en una parada de autobús interurbano, había una cabina telefónica. El Mercedes se detuvo. Hank bajó de él, entró en la cabina, descolgó el auricular, introdujo unas monedas y marcó un número. Al tercer timbrazo, oyó que le contestaban:



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