– Colombia.

Hank dijo «ya está» y colgó.

Treinta kilómetros al sur, en una cabina telefónica en las afueras de Nimega, Christiaan Kalverstat sonrió y colgó. Esperó un minuto y descolgó el auricular de nuevo. Introdujo varias monedas de dos florines y medio y marcó el número de teléfono de la residencia de los Van de Wijn en Laren.

– Van de Wijn -contestó una voz de hombre.

– Quisiera hablar con Piet van de Wijn, por favor -dijo Christiaan.

– Al aparato. ¿Quién es?

– Eso no tiene importancia. Atienda con atención, por favor -dijo con voz pausada y amable-. Su hermano Kees ha sido secuestrado…

– ¡Cómo… cómo! ¿Cómo dice?

– No me interrumpa, por favor, porque no voy a repetir nada de lo que diga. Su hermano se encuentra bien y nos dice que es usted quien llevará mejor que nadie las negociaciones para el rescate…

– Pero ¡oiga! Por favor…, por favor, por Dios, dígame quién es usted…, qué es lo que quiere…

– Si me vuelve usted a interrumpir, su hermano correrá serio peligro -dijo Christiaan sin alterar el tono-. Para que ustedes sepan que realmente lo hemos secuestrado, por correo les mandamos una prueba con la que comprobarán que se trata en efecto de él. Con ello comprobarán que hablamos muy seriamente. Aunque les tiente la idea, no hagan tonterías y no acudan a la policía. Kees sería ejecutado sin contemplaciones. Mañana, exactamente a las nueve y media de la mañana, llamaremos de nuevo y les daremos instrucciones precisas para el pago del rescate, cuyo montante no será negociable. Sean prudentes, por favor.

Colgó.

CAPITULO II

VIERNES 22 DE MAYO

Madrid-Amsterdam, 4.30



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