
– ¿Aló?
– Está en marcha.
– Tenéis poco tiempo. Al jefe le urge y no va a esperar más.
– Está ya hecho. ¿Está la mercancía ahí?
– ¿A ti qué te parece? Tú preocúpate de cumplir vuestra parte del trato. Tenéis seis días. Seis días.
– No te preocupes. Estaremos preparados.
Amsterdam, 9.31
– Van de Wijn -dijo Piet, hablando despacio y con la voz alterada.
Tenía agarrado el auricular con las dos manos y miraba sin parpadear al comandante Baumann. A su derecha, sentado en una antigua silla de Java pesadamente labrada en caoba, un técnico en comunicaciones escuchaba con atención por un pequeño auricular. De éste salía un arco de metal ligero en cuyo extremo un diminuto micrófono permitía que el técnico hablara sin necesidad de utilizar las manos. Frente a él, encima de la mesa, había un magnetófono y un pequeño ordenador Toshiba a través del cual pasaban los cables del teléfono y cuyo teclado manejaba el técnico a gran velocidad y con dedos ágiles.
– ¿Piet van de Wijn? -preguntó Christiaan Kalverstat con su tono pausado.
Estaba en el interior de una cabina telefónica al pie de la estatua ecuestre de Guillermo el Taciturno en el centro de La Haya. Sobre la repisa de plástico que había debajo del teléfono, tenía un papel con unas cuantas indicaciones escritas a máquina.
– Soy yo. ¿Con quién hablo?
– Vamos, Piet -dijo Kalverstat con ironía. Se dio la vuelta en la cabina y mirando hacia el Mercedes en el que esperaban sus hermanos asintió con la cabeza; sonreía.
– Han avisado a la policía -dijo Hank desde el asiento trasero.
– Escuche con atención, Van de Wijn, y cumpla al pie de la letra las instrucciones que le voy a dar. Si no lo hacen, no volverán a ver vivo a su hermano.
En la casa de Laren, Piet palideció. Era un hombre grande, de tez por lo general florida y sonrisa siempre dispuesta. Esa mañana se lo veía encogido y le brillaba la piel de un color casi azul, casi mortecino. Miraba con tristeza hacia Saskia, la mujer de su hermano Kees.
