El comandante Baumann apartó la vista de Piet y del teléfono y la fijó en la señora Van de Wijn. Tuvo la visión de esta familia apacible y rica, cuya existencia transcurría sin sobresalto alguno y que de golpe había sentido cómo todo su mundo se venía abajo. Baumann era un veterano en casos de secuestro y sabía que aunque la angustia de la incertidumbre, la esperanza y la desesperanza, las interminables horas de espera eran capaces de destrozar los nervios más templados, para los familiares lo más inmediatamente aterrador era con seguridad la rapidez y facilidad con que había sido violada su existencia. En un instante, sin esfuerzo aparente, sin alterarse la vida del entorno, unos salvajes habían alargado la mano y habían llenado un hogar del miedo incierto que produce lo desconocido.

Sentada rígidamente en un sillón, agarrando con fuerza un pañuelo que de vez en cuando se llevaba a las comisuras de la boca, Saskia van de Wijn, una mujer de más de cincuenta años de serena belleza, había perdido gran parte de la compostura. Dos grandes círculos violáceos enmarcaban sus ojos, y su pelo, que siempre llevaba pulcro y bien peinado, estaba en desorden. Tres de sus cinco hijos se sentaban en el suelo formando un semicírculo en torno a ella.

Baumann sacudió la cabeza con irritación.

– Usted dirá -dijo Piet en el teléfono.

– En el correo del mediodía recibirán la prueba de que su hermano está en nuestro poder.

– ¿Cómo sabemos que Kees se encuentra bien?

– Van ustedes a tener que confiar en mi palabra. Hasta ahora está bien. Ha pasado la noche tranquilamente -añadió Christiaan con amabilidad. Después, endureciendo el tono de voz, siguió hablando-. Su hermano será liberado tras el pago de cinco millones de dólares…

– ¡Cinco millones de dólares! -Piet se atragantó y tosió-. ¡Está usted loco! No tenemos ese dinero…



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