
En la habitación de la casa de Laren, todos se enderezaron al oír la cifra. Baumann hizo un gesto apaciguador, pidiendo calma en silencio.
– Lo tienen ustedes -dijo Kalverstat con sequedad y colgó.
Piet levantó la mirada hacia Baumann. Había en sus ojos sorpresa. Sin saber bien qué hacer, se quedó quieto con el auricular en la mano.
– La Haya -dijo el técnico con voz alterada, pegándose una palmada en el muslo-. Aj, demasiado tarde.
– ¿Cómo dice? -preguntó Piet.
– Llamaban desde una cabina telefónica de La Haya -contestó el técnico sin levantar la vista de los diales de sus aparatos. Alargó el brazo derecho, bajó una clavija y repitió la información, esta vez por el micrófono, dando con precisión el número de teléfono que se trataba de localizar.
12.30
– Sobre todo, no pierda usted la calma -dijo el comandante Baumann-. Sabemos que van en serio de veras, pero… esto… este envío tan… tan macabro -carraspeo- quiere decir que su hermano está vivo… Aunque no le voy a esconder que corre grave peligro.
Piet van de Wijn se sentía muy mal. Unos minutos antes, casi con toda exactitud a las doce del mediodía, un policía de uniforme (de los que por discreción permanecían siempre en el interior de la casa) había entregado el sobre de papel de estraza al comandante. Le pareció una humorada macabra que fuera de papel re-ciclado. El sobre tenía la parte superior rasgada: los artificieros, en un siniestro instante de ironía objetiva, habían comprobado su contenido para evitar sorpresas desagradables. Baumann lo había entreabierto y, palideciendo, lo había devuelto al policía.
– Que lo examine el forense -había dicho en voz baja.
Después, pese a explicarle Baumann su contenido, Piet había insistido en verlo.
El teléfono sonó a las doce y media. Piet lo descolgó.
– Van de Wijn -dijo.
– ¿Piet?
– ¡Son ustedes unos miserables!
– Cállese -dijo Christiaan interrumpiéndole-. La vida es dura, ya lo ve usted -añadió con tono más amable-. Así comprobarán que no estamos de broma y se ahorrarán la tentación de hacer tonterías inútiles que harían peligrar la vida de Kees. Paguen rápidamente el rescate y la vida de su hermano correrá menos peligro.
