– Pero…

– No me interrumpa más. -De pronto, la voz del secuestrador se hizo más distante y su timbre, más metálico; Baumann, que escuchaba la conversación por un auricular supletorio, levantó la cabeza y miró al técnico; éste hizo un gesto negativo-. Usted y yo sabemos que la familia Van de Wijn tiene fondos sobrados para hacer frente al rescate. No hay banco en Holanda que les niegue lo que ustedes pidan, Piet. -Kalverstat hablaba con mesura pausada, como si se tratara de acordar una transacción comercial-. La mitad de la cantidad que exigimos, es decir, dos millones y medio de dólares, será reunida en diamantes, cada uno de los cuales tendrá un peso máximo de ocho quilates. La otra mitad…

– Está en Alkmaar -dijo el técnico, hablando en voz baja por el micrófono-. Una cabina telefónica, como siempre…

– … es decir, otros dos millones y medio de dólares, estará compuesta por 72 kilos de heroína turca del 82 por ciento de pureza…

Piet van de Wijn exhaló con violencia.

– ¡Pero es imposible! -exclamó.

– Un coche está llegando a la cabina… -dijo el técnico sin alterar su tono monocorde.

– … Tiene exactamente cuarenta y ocho horas para reunir los diamantes. Le llamaré pasado mañana a esta misma hora para darle las instrucciones de entrega de esta primera mitad…

– … Tienen la cabina a la vista… Han entrado en sentido contrario para que no escapen…, pero, un momento, no hay nadie…

– … En cuanto a la otra mitad, vaya usted obteniendo… Oiga, oiga… -Otra voz distinta empezó a hablar-: ¿Comandante Baumann? Soy el oficial Kerdal de la patrulla móvil…

Baumann le quitó el auricular a Van de Wijn.



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