
– Diga, dígame, Kerdal.
– Estamos a la salida de Alkmaar, señor, a cuatro kilómetros del comienzo de la autopista A9, en la primera área de descanso. Hay una cabina telefónica. Tenemos un magnetófono que estaba funcionando cuando llegamos.
– ¿No había nadie?
– Nadie, señor. El aparcamiento estaba completamente desierto.
Baumann dio un gruñido.
– Está bien -dijo-. Tráiganme la cinta a toda velocidad.
16.30
El comandante Baumann miró fijamente a Anneke. Era de verdad una espléndida criatura, de trazos delicados ypiernas finas y largas. El pelo, una cascada de oro que le caía sobre el hombro derecho, le tapaba casi por completo un ojo muy azul. Pero tenía las facciones pálidas y miedo en la mirada. Baumann había visto esa expresión de susto muchas veces en su vida: un interrogatorio policial siempre produce miedo, incluso al más inocente, porque el mero hecho de enfrentarse a unas preguntas relacionadas con un crimen desasosiega y angustia. Nunca da tiempo a simultanear una respuesta que se pretende coherente con la busca acelerada de las razones que parece tener la policía para conectar al interrogado con el delito. Al interrogado la da la sensación de que para convencer de la propia inocencia toda respuesta debe ser clara y concisa y debe situarle a uno a cuatrocientos kilómetros del crimen.
El comandante sabía que, a menos que apareciera alguna contradicción escandalosa en lo que estaba contando Anneke, era imposible deducir su culpabilidad o su inocencia. Imposible. Esto era lo que más le disgustaba de su profesión: pasarse la vida moviéndose entre incógnitas, teniendo que dar palos de ciego para anticiparse al siguiente movimiento del delincuente. Imposible.
Asintió despacio.
– Y usted, aparte de ver al señor Van de Wijn una vez a la semana, ¿qué más hace?
Anneke abrió mucho los ojos y se mordió el labio inferior.
– La verdad es que poca cosa. Termino mi licenciatura en la universidad…, ya sabe, aquí al lado.
