
– ¿Licenciatura?
– Sí. De español…, de lengua y literatura española.
– ¿Ah?
Anneke se encogió nerviosamente de hombros.
– Quiero que me comprenda usted, señorita Frils. No estoy juzgando su vida privada. Lo que usted haga con ella es asunto suyo. Sólo me veo en la obligación de averiguar todo lo que pueda sobre usted porque está íntimamente comprometida con una persona que ha sido secuestrada y por la que unos desaprensivos piden un elevadísimo rescate.
Baumann hizo un gesto de disgusto y resopló. Miró una vez más a su alrededor. Se encontraban en el diminuto salón de la casa de Kerkstraat, una habitación amueblada con exquisito gusto, un refinamiento que compaginaba mobiliario moderno con maravillosas piezas antiguas. Dos únicos muebles sobresalían de entre los cómodos sofás tapizados en chintz de flores y las dos mesas de hierro y cristal: una silla Chippendale de caoba rubia, colocada entre dos ventanas, y una delicada mesilla Queen Anne sobre la que en un jarrón panzudo de plata sin labrar había un gran ramo de flores de mil colores primaverales. Una lámpara Tizio daba luz a un pequeño cuadro de Albert Cuyp que representaba una escena de invierno en un canal helado de Dordrecht. Baumann suspiró.
– ¿Existe en su vida alguna otra persona a la que esté sentimentalmente ligada?
Anneke dudó un instante.
– No -dijo por fin.
Me está mintiendo, pensó el comandante; mira que si por una vez resolvemos un caso en poco tiempo.
– Quiero decir cualquier persona que no tenga nada que ver con nada de todo esto pero a la que usted trate de forma regular.
– No -repitió Anneke-. Bueno, tengo compañeros de la universidad, algunos amigos…, ya sabe…, gente así. Pero no…
– Entiendo. Yo… señorita Frils…, ¿le importaría que registráramos la casa?
– ¿Ahora?
– Pues sí, ahora.
