
– ¿Para qué? ¿Está usted sospechando de mí?
– ¡No, no! -contestó Baumann sonriendo y levantando las manos con las palmas hacia afuera, como si la mera idea de sospechar de tan adorable jovencita le pareciera ridícula-. No, no, no. Pero, qué sé yo, puede que encontremos algo que revele alguna cosa, alguna razón por la que los secuestradores se decidieron por Kees van de Wijn y no por otra persona… No sé. Es urgente que encontremos alguna pista, algo. -Se quedó pensativo-. ¿Sabe usted que los secuestradores han enviado un dedo cortado de Kees a su familia?
Anneke palideció y se llevó una mano a la boca. Luego, sin poder articular palabra alguna, se levantó de golpe y salió corriendo hacia el cuarto de baño.
En el pequeño vestíbulo de la casa, el inspector Jongman dijo al comandante:
– Qué bárbara, ¿no? Se lo ha tomado muy mal.
– Claro, ¿cómo se lo va a tomar, hombre de Dios? Le hemos dado un susto de muerte. En fin, no creo que vayamos a encontrar nada, si es que hay algo que encontrar en la casa. De todos modos, le voy a volver a pedir permiso para que usted se dé un paseo por las ciones de arriba.
– Sí, señor.
– Y no me la pierdan de vista.
– No, señor.
17.05
La Bolsa de Diamantes es un gran edificio de ladrillo en la Weesperstraat, la arteria que cruza el barrio judío de Amsterdam y que corre paralela al río Amstel. Parece una sinagoga. Sus instalaciones, pasadas de moda, siguen en pie por respeto a la tradición, pero las grandes transacciones comerciales se llevan a cabo en un edificio contiguo más pequeño y bastante más moderno, que ofrece unas condiciones de seguridad más ajustadas a las necesidades del mundo de finales del siglo XX.
En uno de los despachos de la quinta planta del edificio nuevo estaban reunidos Piet van de Wijn y el joyero Aaron Leontieff.
Nada en aquel despacho resultaba superfluo: cuatro paredes enteladas de gris, moqueta gris perla en el suelo y un gran ventanal, ahora tapado por unas venecianas blancas, que daba sobre la Weesperstraat.
