
En el centro de la habitación había una mesa cuadrada de dimensiones regulares enteramente tapizada de terciopelo negro. Sobre ella, luciendo desde el techo, un potente haz de luz halógena creaba una circunferencia luminosa de unos cincuenta centímetros de diámetro. En una esquina de la mesa sobre un cenicero de cristal de roca humeaba un delgado puro holandés dejado minutos antes por Piet. Se consumía con lentitud mientras la ceniza se deslizaba como un gusano de arandelas grises por las paredes transparentes.
Los únicos dos ocupantes del despacho estaban sentados frente a la mesa y miraban fijamente la circunferencia iluminada sobre la que refulgían, separados en tres montones iguales, un centenar de brillantes de tamaño bastante homogéneo. Ninguno pesaba más de cuatro quilates y menos de uno. Despedían un resplandor intenso hecho de mil chispas blancas, amarillas y azules.
– Aquí los tiene -dijo Aaron Leontieff-. Doscientos veinte quilates. Treinta diamantes de cuatro quilates, treinta de dos, cuarenta de uno. Todas las piedras son originarias de Kimberley y son de primera calidad. En su mayoría son River, es decir, blanco-azul e internamente perfectas.
Piet alzó la cabeza y miró a Leontieff. El joyero llevaba gruesas gafas de concha. Sobre el cristal derecho estaba atornillada una pequeña lente cilíndrica de aumento que Leontieff hacía girar hacia abajo para examinar las piedras y alzaba hacia las cejas para hablar coa su cliente. El reflejo de los diamantes en los cristales de las gafas era tan vivo que no podían distinguirse sus ojos.
