– En una transacción tan grande naturalmente destinada a fines especulativos -dijo, mirando a Piet sin asomo de curiosidad-, las piezas excesivamente grandes tienden a estropear el mercado. Como usted sabe, el precio del quilate varía dependiendo del tamaño de la piedra. Dicho en otras palabras, un diamante de cinco quilates no vale lo que cinco de un quilate, sino más o menos el equivalente de diez o doce.

Leontieff abrió un pequeño cajón que estaba en el costado de la mesa más próximo a él y extrajo un rectángulo de terciopelo marrón, que dejó en una esquina, y varias hojas de papel de seda. Con rapidez preparó diez pequeños paquetes rectangulares de papel de seda. Cada uno contenía diez brillantes. Terminada esta operación, arrastró el rectángulo de terciopelo hacia el centro de la mesa, lo alisó y dispuso sobre él los envoltorios. Cerró el rectángulo como si se tratara de un sobre.

– Esto es todo -dijo. Empujó el paquete hacia Piet-. Son dos millones y medio de dólares.


18.00


A Anneke le parecía que el calor era insoportable en el interior de la cabina telefónica. Se encontraba en el vestíbulo del hotel Hyatt, a pocos metros del Rijksmuseum, y llevaba diez minutos esperando con impaciencia a que el teléfono al que llamaba dejara de comunicar.

El inspector Jongman, sentado en un pequeño automóvil aparcado unos metros más atrás de la entrada principal del hotel, observaba a Anneke a través del gran ventanal del vestíbulo. Había encendido su segundo cigarrillo y, con el índice de la mano izquierda, golpeaba rítmicamente en el volante, con mal contenida frustración.

– ¡Ah, qué tonta! -exclamó.

Haciendo palanca con los dedos corazón y pulgar, lanzó el cigarrillo hacia el centro de la calle por la ventanilla abierta.

Dentro del hotel, Anneke colgó por sexta vez el teléfono, se volvió y dio unos cuantos pasos rápidos hacia el quiosco de los periódicos. Se detuvo de golpe y dirigiendo una distraída sonrisa a un botones que la miraba sin disimular su admiración, terminó de recorrer la distancia que la separaba del quiosco forzándose a andar despacio. Cogió una revista de modas y la hojeó sin mirarla. Al cabo de un momento, dejó la revista en el estante del que la había cogido y regresó a la cabina telefónica.



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