
El inspector Jongman hinchó los carrillos y se cuadró en el asiento del coche. Anneke descolgó el auricular y marcó nuevamente el número.
– Diga -respondió una voz masculina cautelosamente.
– ¡Gracias a Dios! -exclamó precipitadamente Anneke-. ¡Por fin, Dios mío!… Necesito…
– Se ha equivocado de número -le contestaron.
La línea quedó muda. Anneke bajó la cabeza con desánimo, hasta que recordó que tenía que utilizar una contraseña para indicar que estaba sola y nadie escuchaba la conversación. Volvió a marcar.
– Soy Nekele. No cuelgues, por favor.
– Tranquilízate, anda -dijo Christiaan Kalverstat-. Tranquilízate. Ydime qué te pasa…
– ¡Dios mío, Chris! -dijo Anneke con tono histérico-. Ha estado la policía en casa… Yo… ¿Qué le habéis hecho a Kees?
– Cálmate, Nekele, anda. Cálmate… Sabíamos que la policía iba a visitarte, ¿no?
– Sí, sí, pero…, seguro…, seguro que me han visto en la cara…
– ¡Tonterías! ¿Desde dónde me llamas?
– Desde el Hyatt.
– No te han seguido. -Un tono ligeramente más seco.
– No, claro que no… De verdad…, me he fijado. Pero, Chris…, tengo miedo… Por Dios, dime lo que le habéis hecho a Kees.
– No te preocupes de nada, anda. No le hemos hecho nada a Kees. Está bien. ¿Por qué?
– … Es que los policías me han dicho que le habéis cortado un dedo. -Anneke respiró hondo-. ¿Por qué?
Kalverstat rió con suavidad.
– ¡Qué tontería! Son cosas que dicen los policías para desconcertar…, a ver si te pillan en algún renuncio. No hagas ni caso. No es verdad, mujer. -Rió nuevamente-. ¿Cómo vamos a hacerle semejante salvajada a nadie? Ya sabes que a Hank la sangre le pone enfermo… y, además, mira, Kees es nuestra inversión para el futuro. ¿Para qué diablos vamos a tirarla por la borda? ¿De acuerdo?
