
– De acuerdo -dijo Anneke en voz baja.
– Bueno. Te han visitado los policías, ¿no? -Kalverstat guardó silencio un instante y, al ver que Anneke no contestaba, dijo-: ¿Estás ahí?
– Sí, sí. Sí, me han visitado los policías… Me han hecho preguntas, y yo…
– … les has contestado lo que acordamos.
– Sí. Pero me da miedo. -Se llevó la mano a la mejilla. Jongman, desde el coche, frunció el ceño-. Chris…, yo…, ¿cómo está Kees?
– No te preocupes por él, anda. Está perfectamente. Mira, Nekele, te tienes que tranquilizar. ¿Necesitas algo?
– No, no. Tengo, de verdad. -Pensando en la jeringuilla y la pequeña botella de polvo blanco escondidas en el compartimento de verduras de la nevera, Anneke respiró profundamente-. Tengo.
– Pues tienes que tirar todo lo que tengas al canal. Sería catastrófico que encontraran algo. Yo te daré más después.
– Chris, por Dios… Estoy asustada.
Hablaba entrecortadamente.
De pronto, se le hizo muy viva la imagen de la jeringuilla, esperándola con sus promesas de escalofríos y orgasmos en los pechos y en los hombros y en los muslos, con la subida de la savia por los costados de la garganta. Quiso colgar y salir corriendo. Sacudió la cabeza, haciendo un esfuerzo para concentrarse.
– Chris, yo… Me pidieron permiso para registrar la casa.
– También sabíamos que te lo iban a pedir, ¿no? Cálmate, de veras, que no hay por qué alarmarse…
– Me da miedo. ¿No…, no podríamos…, no podría irme contigo? -suplicaba-. Sólo por esta noche. Me sentiría tan bien…
Kalverstat guardó silencio durante unos instantes.
– Está bien -dijo por fin-, está bien. Pero, por si acaso te sigue la policía, tenemos que hacerlo bien, ¿eh? -Sonrió-. A las nueve, te vas a ir al hotel Krasnapolski, ¿de acuerdo?
