
– De acuerdo.
– Como sabes, se puede llegar al aparcamiento subterráneo del hotel desde el mismo vestíbulo. Al entrar, haz como si fueras al lavabo. Vete de prisa y, al pasar por delante del tocador de señoras, sigue sin detenerte hasta el fondo del pasillo. Tuerces a la derecha y en seguida te topas con la puerta del aparcamiento. Da tres golpes con los nudillos. Yo estaré esperando detrás de la puerta y te abriré. Como para abrirla desde el hotel hace falta tarjeta del aparcamiento o una llave de habitación, si te sigue alguien, no podrá pasar, porque yo cerraré en cuanto tú hayas pasado. Nick mantendrá abierta la puerta de la calle para que salgamos con el coche. La policía tendría que dar toda la vuelta a la manzana. Ni en un millón de años les daría tiempo…
Rió con suavidad.
A Anneke, ese horizonte, que incluía una inyección a los pocos minutos y una noche a salvo en los brazos de Kalverstat, la calmó de golpe. Respiró profundamente.
– A las nueve -prometió.
No se le ocurrió pensar que su desaparición sería la confesión implícita de su culpabilidad… y de la de Kalverstat, si ella regresaba y la policía conseguía establecer alguna conexión entre ambos.
Al inspector Jongman, viéndola colgar el teléfono, darse la vuelta con aire relajado y dirigirse hacia la salida del Hyatt con paso lánguido, no se le ocurrió preguntarse qué contenido podía haber tenido la conversación telefónica para haber conseguido calmarla de modo tan completo. Dejando que su mirada acariciara los largos muslos de Anneke, pensó, más bien, en que le gustaría desnudarla y cubrirla de caricias en la bañera que había visto en la pequeña casa de Kerkstraat. Se inclinó un poco para verla mejor. Tal vez la secaría después con una toalla rosa muy grande y le apilaría la melena sobre la cabeza y haría un lazo para que no se escapara más que algún mechón rebelde a rozarle las clavículas. Sacudió la cabeza y, saliendo del coche para seguir a Anneke, se frotó el estómago con viveza y exhaló dos o tres veces para que le amainara la ola de sensualidad que lo tenía agarrado por la garganta.
