
21.00
Anneke se bajó del taxi con cierta placidez lánguida. Se encontraba bien y tenía la sensación de que si se empeñaba sería capaz de echar a volar. Rió y luego, como le pareció escandaloso reír sola, se tapó la boca con una mano. Miró con ojos traviesos y sensuales al portero del Krasnapolski, que, abierta la puerta del automóvil, la contemplaba con una sonrisa expectante. Puso un pie en la acera con gran cuidado.
– Buenas noches -dijo saliendo por fin del taxi.
– Buenas noches, señorita -contestó el portero.
Con galantería, le había ofrecido una mano para ayudarla a incorporarse. Casi al mismo tiempo, el inspector Jongman, con la cabeza girada hacia atrás para no perderse la escena, se bajó del coche de la policía. Su conductor se había detenido veinte metros más allá de la entrada del hotel, en el costado derecho de la plaza, frente a los almacenes De Bijenkorff.
Anneke, sonriendo aún, subió los tres o cuatro peldaños de la entrada del Krasnapolski, esperó a que se abrieran las puertas automáticas, las franqueó y sin detenerse atravesó el vestíbulo, dejando los mostradores de la recepción a su derecha.
En la plaza, Jongman dio paso a dos coches con urgentes gestos de su mano derecha y se coló delante de un autobús de turistas, justo a tiempo de ver cómo en el interior del edificio Anneke se dirigía hacia el pequeño bar que queda a la izquierda del vestíbulo. No se detuvo allí, sin embargo, sino que siguió pasillo adelante hacia los servicios de la planta baja. Jongman alcanzó a verla desaparecer por el pasillo. Se detuvo sin decidirse a seguirla. Se rascó la oreja y dio un par de pasos titubeantes. «Bah», murmuró. Si la estrategia consistía en poner nerviosa a Anneke Frils y forzarla a hacer alguna tontería que la delatara, igual daba que se percatara ahora que más tarde de que la estaban siguiendo.
