
Se encaminó hacia el pasillo con decisión, pero cuando llegó a la puerta de los servicios de señoras se detuvo y resopló sin saber qué hacer.
Unos metros más allá, oculta por el recodo del pasadizo, Anneke dio con los nudillos en la puerta de salida al aparcamiento del hotel. Como le había dicho Christiaan, para acceder al aparcamiento desde el interior del Krasnapolski es necesario tener una llave de habitación del hotel o la tarjeta del aparcamiento mismo. Dentro del garaje, las puertas de acceso a la calle son pesadas persianas metálicas que sólo se levantan cuando se introduce la tarjeta en la máquina de control, tras haberse pagado el tiempo de aparcamiento. Mientras dura la operación de apertura, el cajero vigila por un circuito interior de televisión. El aparcamiento del Krasnapolski es sin duda el más seguro de todo Amsterdam, una ciudad en la que la afición por la propiedad ajena, en especial cuando la propiedad ajena está depositada en el interior de un automóvil, es incluso superior a la de los merodeadores madrileños.
Las condiciones de seguridad del Krasnapolski le jugaron la peor pasada posible a Anneke. Un garaje menos hermético hubiera permitido al inspector Jongman seguirla hasta su interior y tal vez salvarle la vida. Aunque, para ello, el policía habría tenido que ser de reflejos más rápidos que de los que hizo gala durante toda la operación. Durante unos minutos, Jongman estuvo detenido frente a la puerta de los servicios de señoras sin decidirse a hacer nada. Mirando por fin a derecha e izquierda, se decidió a seguir pasillo adelante. Cuando llegó al recodo y vio la puerta del aparcamiento, brillantemente pintada de amarillo y rojo e iluminada por un pequeño foco, se acercó a ella e intentó empujarla. La puerta no cedió.
Jongman se mordió los labios, la empujó una vez más sin éxito, se dio la vuelta y regresó con rapidez a los servicios.
