– Varón, de raza negra -dijo con escasa simpatía el inspector al que había despertado su jefe poco antes-. Lleva ropa militar. -Luego añadió con indiferencia-: Uniforme del Ejército de los Estados Unidos…

– Le pegaron un tiro en el occipital. A juzgar por el destrozo, le dispararon con balas de punta blanda… Inspector, éste debe de ser el desertor que andan buscando los de la base de Woensdrecht, ¿no?

El inspector dio un gruñido.

PRIMERA PARTE

AMSTERDAM

CAPITULO I

JUEVES 21 DE MAYO

17.00


Como todos los días, exactamente a la misma hora, Kees van de Wijn se disponía a abandonar su edificio de oficinas. Como todos los jueves, recorrería andando la distancia que le separaba de la pequeña casa de Kerkstraat, en la que pasaría las dos horas siguientes consumiendo su turno semanal de lujuria. Dos años antes había instalado en ella a su nueva amante. Hombre eminentemente sensato, Van de Wijn no se hacía ilusiones sobre la fidelidad extraconyugal de su joven compañera; comprendía que un sólido ciudadano que se aproximaba con rapidez a los sesenta años tenía bastante con exigir que una joven espléndida de treinta como Anneke le esperara los jueves a las cinco de la tarde y estuviera dispuesta a satisfacer sus discretas fantasías eróticas durante dos horas. A cambio de ello, Van de Wijn financiaba con generosidad las lujosas apetencias de Anneke y las necesidades de la casa, un maravilloso y diminuto edificio de tres plantas con acceso directo al canal desde la cocina posterior. La verdad es que se lo podía permitir.

Hacía treinta años que Kees van de Wijn había heredado el próspero negocio de pinturas industriales creado por su padre.



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