
De todos ellos, Kees era el único que había mantenido un estilo sobrio de vida y orden meticuloso en cuanto hacía. Y fue precisamente esa forma de ser la que le jugó la peor pasada posible.
Había dejado de llover en Amsterdam y el sol lucía espléndido en el cielo azul entreverado de nubes. Por el canal circulaban los bateaux-mouche repletos de turistas. Bien valía la pena el paseo por entre las nobles casas dieciochescas y por debajo de los puentecillos estrechos, sobre cuyas calzadas vagueaban mil gentes de edad indefinida y vestimenta las más de las veces estrafalaria. Circulaban ciclistas a gran velocidad sorteando con sus viejas máquinas tranvías amarillos que, sin detenerse, hacían sonar un impertinente timbrazo antes de dar un aceleren.
De pie en la acera, en la misma puerta de los establecimientos que llevaban su nombre, Kees van de Wijn, balanceándose con discreción sobre la punta de los pies, se permitió una breve y amable mirada al mundo apacible del espectáculo urbano flamenco en primavera. A su espalda, haciendo chaflán en la esquina del Kaisergracht con Vijzelstraat, quedaba el acceso al pesado edificio de mármol rosa construido a finales del siglo xix para albergar uno de los bancos más importantes de Holanda. El viejo Van de Wijn lo había comprado después de la guerra.
