
Kees respiró hondo el incierto perfume de la primavera, mezcla de jazmines y barro, tulipanes y gasolina, que es tan típico de Amsterdam. Sonrió con benevolencia a unos jóvenes flacos y desarrapados que, vestidos de negro y arrastrando extraños botines de punta retorcida y despellejada, pasaban ensimismados hacia el Singel discurriendo nebulosos silogismos. En el interior del potente Mercedes aparcado con el motor en marcha a veinticinco metros de la esquina en la que se encontraba Van de Wijn, Hank Kalverstat resopló con disgusto.
– Hippies de mierda -dijo-. Nos han estropeado la ciudad y encima pretenden que les financiemos la vagancia.
Los otros tres ocupantes guardaron silencio.
Una de las últimas personas que vio a Van de Wijn aquella tarde fue el anticuario Waterman. Lo saludó con la cordialidad calurosa que reservaba a los excelentes clientes, levantando el sombrero y sonriendo con genuino calor.
– Buenas tardes, Kees. Preciosa primavera.
– Adiós, Hendrik -contestó el millonario, alzándose con un movimiento breve sobre la punta de los pies-. Una tarde preciosa, sí, señor.
– Vamos -dijo con impaciencia Hank Kalverstat desde el interior del automóvil-. ¡Vamos!
Como si lo hubiera oído, Waterman no se detuvo. Le hubiera gustado hacerlo para comentar con Kees que había recibido un maravilloso objeto aquella misma mañana; lo había comprado a un marchante de Dresde. Se trataba de un delicado medallón pintado por Holbein, el retrato de una niña apenas adolescente, de doce o trece años de edad, que miraba fijamente al pintor desde ojos achinados y abultados párpados; tenía el pelo enrollado en una gruesa trenza de hilos de oro tapada por un pañuelo de blonda y encaje; un modesto escote sugería el amanecer de dos pechos pequeños y blanquísimos. Waterman sabía que se lo acabaría vendiendo, pero también sabía que debía armarse de paciencia y esperar a que su cliente lo visitara el siguiente martes (como lo venía haciendo cada semana desde hacía años), iniciando así un complicado ritual de consultas, dudas y discusiones que eran para el industrial millonario parte del placer de adquirir una espectacular obra de arte.
