
Sonrió para sus adentros, satisfecho de su propia broma.
Todo ocurrió en muy pocos segundos, en dieciocho para ser exactos. Un ciclista que rodaba a gran velocidad y del que, no habiendo vuelto a ser visto después del incidente, los testigos hicieron las más variadas y pintorescas descripciones, dio al pasar un golpe a Van de Wijn. El empujón fue lo bastante fuerte como para hacerle girar sobre sí mismo con sorprendido aturdimiento. Al ver llegar al ciclista, Kalverstat había dado una ligera palmada en el hombro de su hermano Nick que estaba al volante del Mercedes. Al tiempo que Kees perdía el equilibrio, Nick apretó con suavidad el acelerador y en tres o cuatro segundos el coche llegó a la esquina de la calle. Las portezuelas de la derecha se abrieron y los dos gorilas de Kalverstat que completaban el número de ocupantes del vehículo se bajaron del automóvil. Casi con el mismo movimiento, agarraron a Van de Wijn por debajo de los brazos y lo obligaron a sentarse en el asiento trasero.
– Vamos, vamos, ¡vamos! -dijo Hank con intensidad.
Mientras uno de los guardaespaldas se sentaba de nuevo al lado del conductor, el otro empujaba a Kees hacia el centro del asiento, apretándolo contra Kalverstat. El Mercedes arrancó despacio en dirección a la Stathouderskade y al Rijksmuseum.
– ¡Pero qué es esto! -exclamó Kees-. ¿Qué quieren ustedes?
