– ¿A usted qué le parece? -preguntó riendo Nick.

– Cállate -dijo Hank y mirando a Kees añadió con voz pausada-: No se mueva, no haga nada, no dé un grito, no abra la boca.

Van de Wijn tragó saliva y guardó silencio.

Mientras el Mercedes, confundido en el intenso tráfico del final de la jornada, atravesaba la gran explanada que separa al Rijksmuseum del teatro de la Música, Van de Wijn se dijo que pronto se darían cuenta de su ausencia. Pero ¿quién? Anneke, claro. Sólo que Anneke no diría nada. ¿A quién le iba a decir nada? Y en su propia casa no se le esperaba hasta por lo menos las ocho de la tarde. Dios sabía dónde andarían para entonces. Carraspeó. El que se sentaba a su izquierda, el que le había mandado callar, que era sin lugar a dudas el jefe, lo miró con curiosidad. Era un hombre de unos cuarenta años, de pelo rubio muy fino, con grandes entradas en la frente y unos ojos azules muy claros, casi blancos. Tenía la boca de labios delgados y cuando hablaba enseñaba unos dientes irregulares y manchados de nicotina. Sonrió.

– ¿Me está usted estudiando para describirme mejor a la policía? -preguntó. El conductor rió; su risa era más un cacareo histérico que otra cosa.

Kees enrojeció y bajó la mirada.

– No -dijo y hablando muy despacio, como el que maneja una bomba, añadió-: ¿Cuánto?

El jefe sonrió de nuevo.

– Estas cosas no funcionan así. Es lamentable, pero no funcionan así.

– ¿Cuánto dinero quiere usted por mi rescate?

– Cállese.

Kees se dijo que el gorila de su derecha olía a sudor. Resultaba muy desagradable.

Llegaron a la autopista y el Mercedes empezó a ganar velocidad, y aun cuando nunca pasara del límite legal de 120 kilómetros por hora, pronto dejaron atrás la desviación hacia Laren, el barrio residencial en el que los Van de Wijn tenían su mansión, y siguieron en dirección al este del país. Kees pensó que tal vez lo estaban llevando a Alemania.



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