
—Hablasteis con vuestros hijos durante medio día, mi dama —dijo Liuderis—. ¿Cuánto de esto es vuestra voluntad y no la de ellos?
Hathawulf se llevó la mano a la espada.
—Habláis demasiado —contestó.
—No pretendía ofender… —empezó a decir el guerrero.
—La tierra llora por la sangre de la dulce Swanhild —dijo Ulrica—. ¿Nos volverá a dar frutos si no la lavamos con la sangre de su asesino?
Solbern estaba más calmado.
—Vosotros, tervingos, sabéis bien que los problemas se han estado fraguando durante años entre el rey y nuestra tribu. ¿Por qué si no vinisteis aquí cuando oísteis lo que había pasado? ¿No pensáis todos que quizá esto se hizo para probar nuestro temple? Si nos quedamos en nuestros hogares, si Heorot acepta cualquier compensación que pueda ofrecer, sabrá que tiene libertad para aplastamos por completo.
Liuderis asintió, cruzó los brazos sobre el pecho, y contestó con firmeza:
—Bien, no entraréis en batalla sin mis hijos y sin mí, mientras esta vieja cabeza se encuentre sobre la tierra. Pero ciertamente me pregunto si tú y Hathawulf no estáis siendo temerarios. Ermanarico es fuerte. ¿No sería mejor tomarnos nuestro tiempo, prepararnos, reunir hombres de tribus vecinas antes de atacar?
Hathawulf volvió a sonreír, con algo más de calor que antes.
—Ya hemos pensado en eso —dijo con tono firme—. Si nos concedemos tiempo a nosotros mismos, también damos tiempo al rey. No creo que pudiésemos levantar muchas lanzas contra él. No mientras los hunos merodeen por los caminos, los pueblos vasallos se muestren reacios al pago de tributos y los romanos puedan ver, en una guerra entre godos, una oportunidad de entrar y conquistarlo todo. Además, Ermanarico no permanecerá ocioso antes de moverse para humillar a los tervingos. No, debemos atacar ahora, cuando no lo espera, cogerlo por sorpresa, superar a sus guardias, que no son muchos más de los que estamos aquí, matar a Ermanarico con un golpe rápido y limpio, y después convocar una asamblea para elegir un nuevo rey justo.
