
– Siempre hicisteis una buena pareja, tío. No lo olvides.
Recorrió el oscuro pasillo superior del caserón y echó un vistazo a la pequeña estancia que su padre utilizaba como pieza de recibo. Las circunstancias económicas de la familia, cada vez más adversas, habían provocado una retirada general de las salas más grandes de la planta baja, que poco a poco se habían hecho inhabitables, a medida que se vendían antigüedades, pinturas y objetos artísticos para poder sobrevivir. Ahora, los Britton vivían exclusivamente en el primer piso de la casa. Había habitaciones en abundancia, pero estrechas y oscuras.
Jeremy Britton estaba en la pieza de recibo. Como eran las diez y media, ya estaba cocido por completo, con la barbilla apoyada sobre el pecho y un cigarrillo encendido entre los dedos. Julian cruzó la sala y le quitó el cigarrillo. Jeremy no se movió.
Julian maldijo en silencio y le miró: la promesa de inteligencia, vigor y orgullo seguía erradicada por la adicción. Algún día su padre pegaría fuego a la casa, y había momentos, como este, en que Julian pensaba que sería lo mejor. Apagó el cigarrillo de Jeremy y buscó en el bolsillo de su chaqueta el paquete de Dunhill. Se lo quitó, así como el encendedor. Agarró la botella de ginebra y salió de la sala.
Estaba tirando la ginebra, los cigarrillos y el encendedor en el cubo de la basura, detrás del caserón, cuando oyó su voz.
– ¿Le has pillado otra vez, Julie?
Miró alrededor, sobresaltado, pero no la vio en la oscuridad. Entonces, la joven se levantó de donde había estado sentada: sobre el borde del muro de piedra que separaba la entrada posterior del caserón del primero de sus descuidados jardines, invadidos por malas hierbas. Una glicina sin podar, que empezaba a perder las hojas ante la proximidad del otoño, la había cobijado. Se sacudió el polvo de sus pantalones cortos y corrió hacia él.
– Empiezo a pensar que quiere matarse -dijo Samantha, con aquel tono práctico tan natural en ella-. Aún no he discernido el motivo.
