
– ¿Nicola? -dijo-. ¿Os habíais citado? Porque aquí no está, Julian.
– ¿Que no está aquí? No se habrá marchado ya de Derbyshire, ¿verdad? Dijo…
– No, no. -Andy empezó a colocar los cuchillos de cocina en los huecos del colgador de madera, mientras continuaba hablando-. Se ha ido de camping. ¿No te lo dijo? Se fue ayer, a media mañana.
– Pero hablé con ella… -Julian se esforzó en recordar la hora-. Ayer por la mañana, temprano. No se habría olvidado con tanta rapidez.
Andy se encogió de hombros.
– Pues parece que sí. Las mujeres son así, ya sabes. ¿Qué estabais tramando?
Julian esquivó la pregunta.
– ¿Se fue sola?
– Como siempre -contestó Andy-. Ya conoces a Nicola. Y muy bien.
– ¿Adónde? ¿Se llevó el equipo adecuado?
Andy se volvió. Era evidente que había captado algo preocupante en el tono de Julian.
– No se habría ido sin su equipo. Sabe que el tiempo cambia con brusquedad en la zona. En cualquier caso, yo mismo le ayudé a subirlo al coche. ¿Por qué? ¿Qué está pasando? ¿Os peleasteis?
Julian podía proporcionar una respuesta sincera a la última pregunta. No se habían peleado, al menos Andy no lo habría considerado así.
– Andy, ya debería haber vuelto -dijo-. Íbamos a ir a Sheffield. Quería ver una película…
– ¿A esta hora de la noche?
– Una sesión golfa.
Julian notó que enrojecía mientras explicaba la tradición de The Rocky Horror Picture Show, [2] pero los años que Andy había servido en la policía secreta (lo que siempre denominaba su «otra vida») le habían permitido conocer la película muchos años antes, de modo que desechó las explicaciones con un ademán. Esta vez, cuando se tiró con aire pensativo del bigote, arrugó el entrecejo.
