Asombrada, se inclinó para quitarle un poco de crema de afeitar que se le había quedado en la mandíbula y él la agarró rápidamente por la muñeca. Meredith gritó y quiso liberarse, sin éxito. Él la miró con sus pálidos ojos azules, que ahora parecían totalmente despiertos, y preguntó con frialdad:

– ¿Dónde estoy?

Ella intentó liberarse otra vez. Pero sólo consiguió que la apretara con más fuerza.

– Dime, mozuela… ¿Quién eres?

– ¿Mozuela? -preguntó, sorprendida por un término que allí era un arcaísmo.

– ¿Quién me ha traído a este lugar? Di la verdad, porque sabré si estás mintiendo – declaró con acento inglés.

– Te he traído yo. Estabas tendido en la playa y…

– ¿Dónde está la bolsa?

– ¿Qué bolsa? ¿Te refieres a mi bolso?

– La bolsa -insistió, aflojando su presa-. Tengo que entregar las pruebas… tengo que… vengar… mi padre.

Justo entonces, el desconocido la soltó y quedó inconsciente otra vez.

– ¡Cuidado! -exclamó el loro.


Meredith se apartó rápidamente del sofá y lo miró con miedo. No podía quedarse allí después de lo que había sucedido; tenía que salir en busca del sheriff. Pero cuando abrió la puerta de la casa, se dio de bruces con la realidad: el viento lanzó la puerta contra la pared y los objetos que arrastraba la golpearon como una lluvia de balas. Tuvo que echar mano de todas sus fuerzas para cerrarla de nuevo, y de toda su frialdad para asumir que estar con el pirata era menos peligroso que vérselas con el huracán.

Asustada, corrió a buscar algo con lo que poder defenderse. No encontró ningún arma, pero sí un rollo de cuerda en el armario.



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