– ¡Magnífico! Lo ataré tan fuertemente que no podrá moverse. Y cuando pasé la tormenta, llamaré al sheriff.

– ¡Átalo! ¡Átalo! -exclamó el pájaro.

Al terminar de atarlo, el pirata se parecía a Gulliver después de haber sido reducido por los liliputenses. Había dado tantas vueltas y revueltas a la cuerda, que Meredith supuso que ni el hombre más fuerte del mundo conseguiría liberarse.

A pesar de ello, se dirigió a la cocina y tomó un cuchillo como medida de protección añadida. Después, se sentó junto al fuego, en un sofá, y lo observó con cansancio.

Aquel hombre se había convertido ahora en su Delia. Meredith llamaba Delia a cualquier cosa que la asustara desde que aquel huracán los había sorprendido a su viudo padre, un marisquero, y a ella en la vieja casa de Ocracoke Village. Nunca había olvidado aquel día, aquel 11 de septiembre de 1976. El día había amanecido cubierto, pero tranquilo; sin embargo, el huracán se les echó encima al cabo de un rato y su padre salió de la casa para comprobar las amarras del barco por última vez.

Mientras su padre se ponía su chubasquero, ella le rogó que se quedara en casa. El se inclinó, sonrió y le dijo que permaneciera allí y que él volvería enseguida. Pero no volvió.

Meredith se había encerrado en el armario y había comenzado a llamar a gritos a su padre y a su madre, aunque Carolina Abbott sólo era un recuerdo vago para ella. Su padre resultó herido y tardó en recobrarse, pero sobrevivió. En cuanto al barco, sufrió desperfectos y tuvieron que pedir un crédito para arreglarlo y seguir faenando.

Desde entonces, las cosas fueron de mal en peor. El año en que Meredith cumplió los trece años, su padre perdió el barco porque no pudo pagar el crédito y Sam Abbott tuvo que abandonar Ocracoke con ella para buscar un empleo en Maryland. Todavía recordaba la silueta de la isla perdiéndose en el mar, tras el cabo de Halteras.

En el fondo, se había sentido aliviada; ya no tendría que enfrentarse a más huracanes. Pero su padre echaba de menos Ocracoke. El mar lo era todo para él y falleció, lleno de tristeza, cuando Meredith tenía veinticinco años.



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