
En cierta forma, Meredith se había decidido a volver por él. Pero ahora su vida se había transformado en un infierno. Estaba atrapada en aquella casa con un individuo que podía ser un psicópata.
Sin embargo, intentó convencerse de que no tenía miedo. Era una mujer adulta y tenía un cuchillo, el atizador del fuego y muchos metros de cuerda.
Todo estaba bien. Lo tenía todo controlado.
Por lo menos, hasta que despertara el pirata.
Estaba seguro de haber muerto. Recordaba haber caído por la borda, aunque probablemente lo habían empujado; un hombre que se había pasado toda la vida en la mar no se caía así como así.
Sí, seguramente lo habían empujado. Y golpeado. Pero se dijo que si él, Griffin Rourke, hubiera estado muerto, no habría sentido aquel intenso dolor; y de haberse encontrado entre los ángeles, habría podido abrir los ojos para mirar a su alrededor. Sólo cabía otra posibilidad: que estuviera en el infierno.
Intentó mover los brazos y las piernas, pero le pesaban demasiado. Pensó que tal vez se hubiera emborrachado en una taberna y que el tabernero lo había llevado amablemente a alguna habitación del establecimiento, así que hizo un esfuerzo y consiguió, por fin, abrir los ojos.
Pero aquello no era ninguna taberna. Para empezar, no reconocía el sitio. Para continuar, lo habían atado y le había afeitado la barba.
La sala estaba iluminada con velas y lámparas que supuso de aceite, de tal manera que no podía ver nada que se encontrara en las sombras. Junto al fuego había una especie de sillón en el cual dormía una persona que no pudo distinguir con claridad. Por su tamaño, le pareció un chico. Así que hizo un esfuerzo y gritó:
– ¡Eh! ¡Chico!
El supuesto chico se despertó sobresaltado y se puso en pie blandiendo un cuchillo.
