– Aparta esa hoja, chico -ordenó Griffin-. No tengo intención de hacerte daño a menos que me obligues a ello. Y ahora, desátame o atente a las consecuencias.

El chico negó con la cabeza.

– Será mejor que no me enojes… -dijo él, intentando liberarse de las ataduras

– No voy a desatarte hasta que respondas unas cuantas preguntas. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

El suave y dulce sonido de la voz del chico bastó para que Griffin entrecerrara los ojos y lo mirara con más detenimiento. En cuanto notó sus curvas, su estrecha cintura, sus pequeños senos y sus caderas, supo que era una mujer.

– ¡Maldita sea! ¡Me ha atado una simple mujer!

– ¡Contéstame! ¿Quién eres?

– Griffin Rourke -respondió-. ¿Y quién eres tú, muchacha?

– ¿De dónde eres?

– ¿Que de dónde soy? -preguntó él, mirándola-. ¿Quieres saber dónde nací?

– En efecto.

– Nací en la colonia de Virginia, en la habitación del fondo de la casa de mi padre.

– Vaya, veo que los británicos todavía no os habéis acostumbrado a que Estados Unidos se independizó. Virginia es un estado, no una colonia. Y además, ¿pretendes que crea que naciste en tu casa?

– ¿Y dónde quieres que naciera? Pero ahora, contéstame tú. ¿Cómo te llamas?

– Meredith. Meredith Abbott.

Él rió.

– Ah, entonces eres un chico.

– ¡No! -protestó ella.

– Pues tienes nombre de chico.

– Meredith también es nombre de mujer. Al menos, lo es desde hace bastante tiempo.

– ¿Y qué le ha pasado a tu cabello y a tus ropas? ¿Por qué vistes como un muchacho?

– Para tu información, el pelo corto en las mujeres resulta bastante chic. Y en cuanto a los vaqueros, no sabía que fueran exclusivos de los hombres. ¿De qué planeta has salido?

– ¿Planeta? No te entiendo -dijo Griffin-. ¿Cómo podía vivir en otro planeta? Además, ¿qué sabes tú de planetas? No he conocido a ninguna mujer cuyo pequeño cerebro sepa comprender las complejidades de Copérnico, Brahe o Kesler.



14 из 118