Griffin maldijo y tiró de las cuerdas, pero los nudos parecían bastante firmes. Al parecer, las clases que le había dado su padre en el barco pesquero habían servido de algo.

Cuando el enfado del pirata comenzó a desvanecerse, se acercó al sofá, lo miró y dijo:

– Si no te hubieras emborrachado y salido en mitad de un huracán, no te habría pasado esto. Amenazar con matarme no te va a servir de nada.

Él apretó los dientes.

– No te mataría. No sería capaz de matar a una mujer, aunque sea una arpía lunática. Y no estoy borracho, por cierto. Se necesita algo más que un dedo de ron para emborracharme.

– Entonces, ¿por qué saliste en mitad de un huracán?

– Yo no salí a ninguna parte. El cielo estaba totalmente despejado cuando caí por la borda -respondió, frunciendo el ceño-. Pero no recuerdo cómo acabé en el agua.

– ¿Me estás diciendo que te caíste de un barco? -Preguntó Meredith-. ¿Dónde?

– Nos dirigíamos a Bath Town y estábamos a punto de echar el ancla en la cala de Oíd Town Creek. Por eso tienes que desatarme, muchacha. Tengo que entregar la bolsa antes de que la echen de menos.

Meredith movió la cabeza en gesto negativo y pensó que el golpe le había afectado. Bath estaba a más de sesenta millas náuticas, en Bath Creek; no en Old Town Creek, como lo había llamado: ése era el nombre que había tenido en tiempos de la colonia.

Además, para acabar en su playa habría tenido que flotar hasta el río Pamlico y cruzar Pamlico Sound en mitad de un huracán, lo cual resultaba absolutamente imposible si no llevaba un chaleco salvavidas. Pero a pesar-de ello, decidió comportarse como si hubiera creído su historia. De ese modo, tal vez podría sonsacarle más información.

– ¿A qué bolsa te refieres?

– A la que está en mi chaleco -dijo, bajando la mirada-. ¿Pero dónde está mi chaleco?

Meredith dio la vuelta al sofá y recogió la prenda. Se lo había quitado justo antes de tumbarlo.



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