– Aquí no hay ninguna bolsa. Supongo que debiste perderla cuando caíste por la borda… si es que te caíste realmente de un barco, cosa que dudo.

– Eso no puede ser. Tengo que encontrarla -dijo con desesperación-. Tienes que encontrarla… Si descubre que se ha perdido, no descansará hasta averiguar quién es el culpable. Y cuando vea que no estoy, lo sabrá.

Ella negó con la cabeza.

– No pienso volver afuera. Además, has podido perderla en cualquier parte. Podría estar flotando en el Sound.

Él la miró con sus intensos ojos azules y dijo:

– Toma mi mano.

– No.

– Toma mi mano -repitió.

Su voz era tan seductora y persuasiva, que la determinación de Meredith flaqueó. Además, seguía atado y no tenía posibilidad alguna de soltarse.

Temerosa, avanzó hacia él e hizo lo que le había pedido. Su mano era cálida y fuerte, tanto que se preguntó cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había sentido el contacto de un hombre. Pero sus recuerdos se desvanecieron ante la mirada del pirata. Su inmenso atractivo y su magnetismo hacían que perdiera la cabeza.

– Te juro por mi vida que no te miento -declaró él con suavidad-. Y te ruego que encuentres esa bolsa antes de que sea demasiado tarde.

Hipnotizada por su mirada, Meredith asintió. Parecía tan sincero, que se dijo que aquella bolsa debía contener algo realmente importante.

– De acuerdo -dijo, suspirando-. Saldré a buscarla. Pero, ¿qué aspecto tiene?

– Es de cuero, del tamaño de un libro pequeño, y está envuelta con un trozo de lona.

– Si hago lo que me pides, tendrás que prometerme que te portarás bien hasta que llegue el sheriff.

– Está bien, lo haré.

El viento ya no soplaba con tanta fuerza, pero la lluvia le golpeó la cara cuando salió de la casa. Se alejó, alzó la lámpara y miró hacia el lugar donde había encontrado al pirata. No tardó en distinguir un pequeño objeto sobre la arena. Era exactamente como lo había descrito: una bolsa de cuero envuelta en tela de lona.



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