
Se la guardó en un bolsillo y regresó a la casa.
– La tormenta está pasando -dijo al entrar.
Entonces, se detuvo. Griffin estaba sentado en el borde del sofá, deshaciendo los nudos de sus piernas.
– No te molestes con el cuchillo -dijo él, sonriendo-. Si intentaras atacarme, te desarmaría en un abrir y cerrar de ojos.
– Me has engañado…
Meredith apretó la espalda contra la puerta, dispuesta a huir a la menor oportunidad.
– Siempre conviene que el enemigo crea que tiene un as en la manga. Hace que esté menos atento -declaró él-. Y no me mires con esa cara de susto, chica. Te he prometido que no te haría daño y soy hombre de palabra.
– Esa bolsa no te importa, ¿verdad? Me has mentido para conseguir que saliera de la casa.
Él se puso de pie y comprobó el estado de su rodilla herida. Hasta ese momento, Meredith no había sido totalmente consciente de lo alto que era. Medía alrededor de un metro ochenta y cinco y poseía un cuerpo delgado y atlético. De anchos hombros, resultaba un hombre tan atractivo como peligroso; pero, por alguna razón, sabía que podía confiar en él. Se notaba que tenía un gran sentido del honor.
– Te equivocas. Habría arriesgado la vida por recuperar esa bolsa -comentó él, extendiendo una mano-. Dámela.
Ella se negó.
– Si quieres, puedes ver su contenido.
Meredith desenvolvió la bolsa, la abrió y extrajo un libro pequeño, de pastas de cuero, y un manojo de cartas que parecían haber estado unidas con un sello de cera. Para su sorpresa, todas estaban secas.
Abrió el libro y dijo-.
– Parece una especie de viejo diario. O más bien el cuaderno de bitácora de un barco… Dios mío, debe de ser tan antiguo como valioso. No me extraña que estuvieras preocupado.
Él frunció el ceño.
– ¿Antiguo?
