
Ella asintió mientras lo leía.
– ¿De qué época es?
– ¿De qué época? -preguntó él-. De ésta, claro está.
– Venga… ¿en qué año fue escrito?
– Empieza hace un año, en 1717. Supongo que tendré que confiar en ti, aunque no sé por qué. Lo que tienes entre manos es justo la prueba que necesito contra el diablo en persona.
– ¿Contra el diablo?
– Sí. El pirata Barbanegra.
Meredith se quedó boquiabierta y volvió a mirar el libro con más atención. Estaba lleno de comentarios sobre posiciones náuticas y condiciones climatológicas, todas ellas escritas con los giros y usos habituales del siglo XVIII. Reconoció varias listas de lo que parecían ser botines capturados, y también muchos nombres: Israel Hands, el segundo de a bordo; Gibbens, el contramaestre; Miller, el intendente; Curtice, Jackson y muchos más.
– ¿Me estás diciendo que éste es el diario de Edward Teach?
Él asintió.
– En efecto. Y esas cartas demuestran que está asociado con Edén, el gobernador de Carolina del Norte. Los robé del camarote de Teach. Debía llevárselos al hombre de Spotswood esta noche y volver de nuevo al Adventure antes de que levara anclas. Es la prueba que necesito para acabar con ese pirata. Lo colgarán por esto.
Meredith negó con la cabeza y alzó una mano como para detenerlo.
– Espera un momento. ¿Quién ha organizado todo esto? Seguro que ha sido Katherine Conrad, ¿verdad? Haría lo que fuera para impedir que obtenga la beca Sullivan. Cree que la nombrarán jefa de departamento cuando se retire el doctor Moore, pero me nombrarán a mí. ¿Cuánto te ha pagado?
Griffin arqueó una ceja y la miró como si hubiera perdido la cabeza, pero se limitó a encogerse de hombros.
– Nadie me ha pagado nada.
Meredith cerró los ojos e intentó poner en orden sus pensamientos. No podía negar que las cartas y el libro eran los originales. Había visto documentos similares en los museos y además era una especialista en la vida de Barbanegra. O eran los auténticos o alguien había invertido mucho tiempo y dinero en conseguir imitaciones perfectas.
