Por otra parte, siempre se había rumoreado que Barbanegra llevaba un diario y que guardaba cartas que demostraban su asociación con Charles Edén, gobernador de Carolina del Norte, quien lo protegía a cambio de un porcentaje de los botines. Pero todo se había perdido. Y si aquel hombre decía la verdad, ahora estaba en sus manos.

Sin embargo, el asunto: no era tan sencillo. Si el libro y las cartas eran auténticas, también lo era la historia de Griffin Rourke. Y no podía creer que hubiera viajado en el tiempo para presentarse en su casa.

– No es verdad, es imposible. Es una imitación y tú eres un impostor -declaró ella.

– Cree lo que quieras creer. No me importa -dijo él-. ¿Tienes un caballo?

– Estamos en la isla de Ocracoke. ¿Para qué te serviría un caballo?

Griffin abrió la boca para responder, pero la miró con condescendencia y no lo hizo. Meredith supo por qué: no creía que estuvieran realmente en la isla.

– Deja de mirarme de ese modo -protestó.

– ¿De qué modo?

– Como si no creyeras lo que te digo. Y por favor, dime quién eres realmente.

– Ya te lo he dicho, muchacha. ¿Quieres que te lo vuelva a decir?

– ¡Basta!

Él rió y negó con la cabeza.

– Está bien, Merrie -dijo, llamándola por su diminutivo-. Creeré lo que quieras que crea siempre y cuando me consigas un buen caballo y olvides que me has visto.

Meredith se aproximó lentamente a él y se sentó en el sofá.

– No estás mintiendo, ¿verdad?

– No.

– Oh, Dios mío, me voy a volver loca… Este huracán me ha sacado de quicio. No es posible. Tu historia no es posible. Debo de estar soñando… es la única explicación.

– El caballo. Necesito un caballo -dijo él, mirándola.

Merrie apartó la mirada e intentó tranquilizarse un poco.



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