– Griffin, quiero que me escuches detenidamente y que contestes con sinceridad. ¿Te consideras un hombre de mente abierta?

Griffin se acercó y la tomó por la barbilla, con suavidad. Ella se estremeció. Su contacto no la asustaba. Bien al contrario, la tranquilizó de inmediato.

– No te comprendo -dijo, frunciendo el ceño con preocupación-. ¿Qué significa de mente abierta?

– Un librepensador. ¿Te consideras un librepensador?

– Sí, supongo que sí.

– ¿Y qué me dices de la ciencia? ¿Piensas que hay muchas cosas que desconocemos y que sólo podrán ser descubiertas en generaciones futuras?

Él asintió con solemnidad.

– Sin duda. Estoy de acuerdo con esa teoría.

Meredith tomó aire y siguió hablando.

– Entonces quiero que consideres la posibilidad de que tú no pertenezcas a este lugar, de que hayas… no puedo creer lo que voy a decir, pero tengo que decirlo. En fin, quiero que consideres la posibilidad de que hayas viajado en el tiempo, por así decirlo.

Griffin asintió con indulgencia, recogió sus botas y comenzó a ponérselas.

– Por supuesto, Merrie. Es una idea muy interesante. Eres una jovencita muy inteligente.

– No estoy loca, Griffin, así que no me trates como si lo estuviera. Hablo en serio.

Griffin rió mientras terminaba de ponerse las botas y alcanzaba el chaleco.


– De eso no tengo ninguna duda, pero ahora tengo que marcharme.

– No puedes salir de aquí -dijo ella, tornándolo de la mano.

Él la tomó de los hombros y murmuró:

– La tormenta casi ha pasado. No te preocupes, estaré bien. Me he enfrentado a situaciones mucho peores y he vivido para contarlo.

Merrie lo miró y se preguntó cómo podía convencerlo de que estaba diciendo la verdad, de que había viajado en el tiempo y de que ahora se encontraba nada más y nada menos que en el siglo XX.

– Me has salvado la vida, Merrie, y no lo olvidaré nunca.



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