
– Griffin, por favor, no salgas. No hasta que comprendas lo que te espera. No hasta que me creas.
Sus miradas se encontraron durante un momento y ella supo que no la creía. Después, él cerró la puerta y se marchó.
Meredith se quedó helada, preguntándose qué podría haberle dicho para que la creyera; pero se dijo que tendría que descubrirlo él mismo. Además, sabía que no podría llegar muy lejos. Estaban en una isla muy pequeña y los transbordadores no saldrían hasta que mejorara el tiempo. Sólo podía hacer una cosa: esperar a que regresara.
Cansada, se frotó los ojos. Eran las tres de la madrugada y tenía sueño, así que se dirigió a su dormitorio, se metió en la cama e intentó tranquilizarse:'Tardó un rato en conseguirlo, pero por fin se durmió.
En algún momento de la mañana, poco después del amanecer, se despertó sobresaltada. Echó un vistazo a su alrededor, confundida, pero el suave sonido de las olas y el canto de los pájaros bastó para que supiera que la tormenta había pasado.
Entonces recordó al hombre de cabello largo y perfil perfecto que Vestía como un pirata. Gimió, se abrazó a la almohada y pensó que había estado soñando otra vez, aunque el sueño hubiera sido más real que nunca.
– Duérmete -murmuró-. Estás en casa, a salvo.
La luz del mediodía se colaba a través de las cortinas de la ventana del dormitorio. Meredith abrió los ojos, bostezó y extendió los brazos para estirarse; pero en lugar de sentir el colchón, uno de sus brazos chocó con algo cálido, duro y musculoso. Era la pierna de un hombre.
Merrie gritó, pero alguien le tapó la boca.
– No grites, soy yo…
Ella miró sus ojos azules y no pudo creerlo. No había sido un sueño. Estaba allí, con gesto de cansancio, sentado en el borde de la cama.
Cuando apartó la mano de su boca, presunto:
– ¿Griffin? ¿Eres tú? Griffín la miró, confuso.
