La segunda coincidencia fue el loro; pertenecía al dueño dé la casa, se llamaba Ben Gunn y habría sido el acompañante perfecto de un marino. La atmósfera del lugar y las frases del animal se combinaban de forma perfecta, como si estuvieran allí sólo para que ella pudiera escribir la biografía del pirata. Y en consecuencia, había estado escribiendo y trabajando mejor que en toda su vida.

La llegada de Horace fue la tercera coincidencia. La isla no sufría un huracán desde hacía doce años, aunque ese hecho no tenía nada de particular: los huracanes eran cíclicos y no podía achacar la situación al destino ni mucho menos a la buena suerte.

Pero ahora, mientras contemplaba la ilustración del pirata, Meredith sintió un intenso temor. De repente se sentía sin fuerzas, doblegada ante una fuerza oscura. Sentía que iba a pasar algo, podía notarlo en el ambiente, y la asustaba.

– ¡Basta! -gritó.

– ¡Basta! -repitió el loro.

– Este huracán me está poniendo tan tensa, que empiezo a imaginar cosas raras.

Intentó concentrarse otra vez en el libro y pasó un dedo por encima de la ilustración, absorbiendo cada detalle. De rasgos aristocráticos, el pirata tenía pelo largo y oscuro y llevaba pantalones bombachos, una camisa blanca de lino y un chaleco negro. Sobre el pecho se le cruzaban dos tiras de cuero que sostenían dos pistoleras; en la mano derecha llevaba un alfanje, y al cinto, una daga.

Le sorprendió la exactitud del dibujo, teniendo en cuenta que la imagen extendida por Hollywood incluía casi siempre un tricornio, una pata de palo, un parche en un ojo, un pendiente de oro y el inevitable loro en el hombro. Pero cuando miró la cara del pirata, se dijo que tal vez no fuera tan exacto; más que un pirata, parecía uno de esos modelos de ropa interior masculina.



4 из 118