– Llámame Ismael -imploró Ben. Meredith se sobresaltó al oír las palabras del loro.

– ¡Te llamaré estofado de loro como no cierres el pico! -exclamó, sonriendo-. Oh, sí, loro estofado… Ñam, ñam.

– Raaac… ¡Loro estofado! -la imitó-. Ñam, ñam.

Volvió a mirar la cara del pirata y pensó que se parecía sorprendentemente al hombre de sus sueños. Al levantar el volumen, sintió un extraño calor en las manos y de repente notó un temblor inesperado, casi como si el libro hubiera adquirido vida propia. Sobresaltada, Meredith lo cerró de golpe y lo volvió a dejar donde lo había encontrado.

Estuvo un buen rato mirándolo, hasta que Ben volvió a aletear. Sólo entonces, cayó en la cuenta de que un sobrecogedor silencio había caído sobre la casa. Ya no oía el sonido del viento y la lluvia ya no golpeaba el tejado. Cuando miró el reloj, vio que eran exactamente las doce en punto de la noche.

Abrió la puerta del armario, estiró sus entumecidas piernas y salió a la habitación en compañía del loro. La luz de la lámpara iluminaba la estancia proyectando enormes sombras en las paredes.

Echó un rápido vistazo a la casa y comprobó que no había sufrido más daños que un par de cristales rotos en el cuarto de baño. Después, dejó a Ben en su percha y se dirigió al porche; los muebles estaban caídos y había ramas rotas de los robles cercanos. Con cautela, Meredith descendió por la escalera que llevaba al jardín. Aquella calma resultaba desconcertante tras el caos que acababa de sufrir.

Las olas todavía rompían con cierta furia en la orilla, pero la lluvia se había transformado en una ligera llovizna casi primaveral.



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