Lentamente, estiró un brazo y le secó la lluvia de la frente. Estaba tan frío y quieto, que se sobresaltó, y se apartó, dominada por un mal presentimiento. Además, la Meredith Abbott de siempre no era una mujer demasiado valiente; la asustaba casi todo, especialmente los hombres. Y sin embargo, aquel hombre que yacía en la playa, medio muerto, no la asustaba.

La fuente de su miedo era bien distinta: temía a las fuerzas que lo habían dejado allí.

Se sentó en el suelo, muerta de frío y agotada. Su pirata estaba junto a ella, tumbado en el sofá donde finalmente había conseguido dejarlo después de arrastrarlo desde la playa. Ben los miró a los dos en silencio, como si desconfiara del desconocido.

El viento y la lluvia retomaron su anterior furia en cuanto Meredith cerró la puerta de la casa. Pero esta vez, no corrió a esconderse en el armario; aquel hombre no tenía muy buen aspecto y ella era la única persona que podía cuidar de él, de modo que recogió todas las velas y lámparas que pudo encontrar y las llevó al salón: los cortes eléctricos eran frecuentes en la isla y la casa estaba bien surtida.

El pirata, gimió de nuevo y murmuró algo que ella no pudo entender. Su expresión se volvió repentinamente amenazadora. Meredith se recordó entonces que podía ser peligroso; era un hombre alto, fuerte, de hombros tan anchos, que apenas cabía en el sofá.

Temblorosa, extendió una mano y le tocó la mejilla. Seguía helado y su respiración era casi imperceptible. La herida de la sien había dejado de sangrar, pero tenía otras heridas más importantes que aquel rasguño. Tras un reconocimiento rápido, descubrió que también tenía un chichón del tamaño de una pelota de golf en la parte posterior de la cabeza, además de varios cortes en la mandíbula, bajo la barba, y un corte profundo en la rodilla izquierda.



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