– ¿No podrías haberte emborrachado y haberte quedado dormido en tu propio sofá? -dijo ella-. No sé qué hacer, no soy médico… Y con esta tormenta no puedo salir a buscar ayuda.

Intentó llamar a la policía, pero el teléfono no funcionaba; y aunque lo hubiera hecho, el sheriff y su ayudante estarían ocupados con problemas más importantes que ése. En cuanto a los vecinos, no intentó avisarlos; todas las casas de la zona pertenecían a personas que sólo las habitaban en verano. Y por último, el único médico de la isla sólo pasaba una vez a la semana por la pequeña clínica.

De haber sido algo más valiente, tal vez habría salido. Sin embargo, las posibilidades de encontrar a alguien no habrían sido demasiado altas; la tormenta había empeorado otra vez y habría tenido que caminar medio kilómetro hasta llegar a la carretera para, una vez allí, cruzar los dedos y esperar que apareciera el sheriff.

Se frotó los ojos con cansancio. De repente, el caos exterior le parecía un asunto menor en comparación con lo que ocurría en el interior de la casa.

– ¿De dónde diablos has salido? ¿Y qué hacías en mi parte de la playa?

Meredith se inclinó para apartarle el pelo de la cara, y en ese momento, él abrió los ojos. Sus pálidos ojos azules se clavaron en ella como si no comprendiera nada, casi como si estuviera mirando a otra parte.

– ¿Puedes oírme? ¿Quién eres? ¿Qué ha pasado? -preguntó ella.

Él abrió la boca para decir algo, pero no pudo hablar. Después, cerró los ojos como si el esfuerzo le hubiera resultado doloroso.

– Ni siquiera sé cómo llamarte, pero debes de tener un nombre… Creo que te llamaré Ned. Ned el pirata. ¿Sabes? A Barbanegra lo llamaban Ned porque su verdadero nombre era Edward -declaró ella-. De todas formas no estás en condiciones de llevarme la contraria.

Meredith le quitó las botas y se quedó mirando una de ellas, sorprendida. Eran unas botas muy particulares, con un doblez a la altura de la rodilla. Le dio la vuelta y examinó la suela.



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