Para ella, Art era terriblemente guapo, con el flequillo de pelo negro que le caía sobre la frente, la nariz rota de boxeador que le salvaba de ser un chico bonito, y la serena inteligencia que había conducido a un chico del barrio hasta la UCLA. Había algo más también (esa especie de soledad, de vulnerabilidad, de dolor profundo, de posible ira) que le hacía irresistible.

Acabaron en la cama, y en la oscuridad posterior al coito, él preguntó:

– ¿Puedes tachar eso de tu lista liberal?

– ¿El qué?

– Acostarte con un sudaca.

Ella pensó unos segundos antes de contestar.

– Siempre he pensado que «sudaca» se refería a los puertorriqueños. Lo que puedo tachar de la lista es acostarme con un frijolero.

– De hecho -adujo Art-, solo soy medio frijolero.

– Bien, Art, Jesús, ¿qué eres?

Althea era la excepción de la Doctrina del YOYO de Art, un infiltrado insidioso en la autosuficiencia ya muy enraizada en su interior cuando la conoció. El secretismo era un hábito, un muro protector que había construido su alrededor de niño. Cuando se enamoró de Althie, poseía la ventaja añadida de la instrucción profesional en la disciplina de la compartimentación mental.

Los buscadores de talentos de la Compañía le habían captado en segundo de carrera, lo habían recogido como fruta madura.

Su profesor de Relaciones Internacionales, un exiliado cubano, le llevó a tomar café, y después empezó a aconsejarle sobre qué clases debía tomar, qué idiomas estudiar. El profesor Osuna le llevó a su casa a cenar, le enseñó qué tenedor debía utilizar en cada ocasión, qué vino elegir para acompañar cada plato, incluso con qué mujeres debía salir. (Al profesor Osuna le encantó Althea. «Es perfecta para ti -dijo-.Te aporta sofisticación.»)



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