
Art lo entendió enseguida. El boxeador acababa de dejar inconsciente a un sparring, y ahora no tenía a nadie con quien trabajar. Los dos hermanos eran sus representantes. Era una escena bastante común en cualquier barrio mexicano. Para los chicos pobres del barrio, solo había dos caminos de ascenso y salida: drogas o boxeo. El chico prometía, de ahí la multitud, y los dos hermanos de clase media tan distintos eran sus representantes.
El bajito paseaba la vista entre la muchedumbre en busca de alguien capaz de subir al cuadrilátero y aguantar unos asaltos. Muchos tipos en la multitud descubrieron de repente algo muy interesante en las puntas de sus zapatos.
Art no.
Aguantó la mirada del bajito.
– ¿Quién eres? -preguntó el chico.
Su hermano lanzó una ojeada a Art, y este le dijo:
– Un agente de la brigada de narcóticos yanqui.
Después, clavó la vista en Art y dijo:
– ¡Vete al demonio, picaflor!
– Pela las nalgas, perra -replicó al instante Art.
Lo cual fue una sorpresa, saliendo de la boca de alguien que parecía muy blanco. El hermano larguirucho empezó a abrirse paso entre la multitud para llegar hasta Art, pero el hermano bajito le agarró del codo y le susurró algo al oído. El hermano alto sonrió, y después el pequeño dijo a Art en inglés:
– Eres del tamaño adecuado. ¿Quieres pelear unos cuantos asaltos con él?
– Es un crío -murmuró Art.
– Sabe cuidar de sí mismo -replicó el hermano bajito-. De hecho, sabrá cuidar de ti.
Art rió.
– ¿Boxeas? -insistió el chico.
– Antes -contestó Art-. Un poco.
– Bien, acércate, yanqui -dijo el chico-.Te encontraremos unos guantes.
Art aceptó el reto, pero no fue por machismo. Podría haberlo rechazado con una carcajada, pero el boxeo es sagrado en México, y cuando la gente a la que has intentado acercarte durante meses te invita a entrar en su iglesia, tienes que aceptar.
