
– ¿Con quién voy a pelear? -preguntó a un hombre de entre el gentío mientras le calzaban los guantes.
– Con el Leoncito de Culiacán -contestó el hombre con orgullo-. Algún día será campeón del mundo.
Art caminó hasta el centro del cuadrilátero.
– No me trates muy mal -dijo-. Soy viejo.
Se tocaron los guantes.
No intentes ganar, se dijo Art.Trátale bien. Has venido a hacer amigos.
Diez segundos después, Art se estaba riendo de sus pretensiones. Entre puñetazo y puñetazo. No podrías ser menos eficaz, se dijo, aunque estuvieras atado con cable de teléfono. Creo que no deberás preocuparte por ganar.
Preocúpate de sobrevivir, tal vez, se dijo diez segundos después. La velocidad de manos del muchacho era asombrosa. Art ni siquiera veía llegar los golpes, y no conseguía pararlos, y muchísimo menos devolverlos.
Pero tienes que intentarlo.
Es una cuestión de honor.
Por lo tanto, lanzó un derechazo tras un golpe con la izquierda y recibió una combinación de tres golpes a cambio. Bum bum bum. Es como vivir dentro de un maldito timbal, pensó Art, al tiempo que reculaba.
Mala idea.
El chico se precipitó hacia él, lanzó dos golpes rapidísimos, y después un directo a la cara, y si la nariz de Art no se rompió, la imitación fue excelente. Se secó la sangre de la nariz, se protegió y recibió casi todos los martillazos siguientes en los guantes, hasta que el chico cambió de táctica y empezó a atacar las costillas de Art por ambos lados.
Art tuvo la impresión de que había transcurrido una hora cuando sonó la campana y volvió a su taburete.
Big Brother le estaba esperando.
– ¿Ya has tenido bastante, picaflor?
Solo que esta vez no parecía tan hostil.
Art contestó en tono cordial.
