Yo tuve que esperar mi oportunidad. Sabía que lo tendría a tiro mientras los polis no lo aclarasen. Así que cuando Jackson me preguntó, durante los primeros días del caso, si podía sacarle algo a mi hermano, aunque fuera extraoficialmente, le dije que lo intentaría, pero no lo intenté. Yo quería hacerme con la historia, y no iba a ayudarle a él a mantenerse en el caso dándole de beber de mis propias fuentes.

A finales de enero, cuando el caso tenía un mes y ya no era noticia, jugué mi baza. Y me equivoqué.

Una mañana fui a ver a Greg Glenn, el redactor jefe en Denver, y le dije que quería quedarme con el caso Lofton. Era mi especialidad, lo mío. Una larga serie de artículos sobre los grandes crímenes en los dominios del Rocky Mountain. Por usar un tópico periodístico, mi relato iría más allá de los titulares para contar la verdadera historia. Así que me fui a ver a Glenn y le recordé que tenía algo. Era el caso de mi hermano, le dije, y sólo me lo iba a contar a mí. Tal como me imaginaba, Glenn no tuvo la menor consideración con el tiempo y el esfuerzo que Jackson había dedicado ya al tema. Su mayor preocupación era conseguir un tema que el Post no tuviera. Y salí de su despacho con el encargo.

Mi error fue decirle a Glenn que tenía algo antes de haberlo consultado con mi hermano. Al día siguiente recorrí las dos manzanas que separan el Rocky del bar de los polis y me reuní con él para almorzar en la cafetería. Le hablé de mi encargo. Sean me dijo que diera marcha atrás.

– Déjalo, Jack. Yo no puedo ayudarte.

– Pero ¿qué dices? Es tu caso.

– Es mi caso, pero no voy a cooperar contigo ni con nadie que quiera escribir sobre él. He dado los detalles esenciales y no estoy obligado a nada más, eso es lo que hay.

Dejó vagar la mirada por la cafetería. Tenía la irritante costumbre de no mirarte a los ojos cuando no estaba de acuerdo contigo. De pequeños saltaba sobre él cuando lo hacía y le golpeaba en la espalda. Pero ahora ya no podía hacerlo, aunque muchas veces lo deseaba.



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