
Más tarde, un reportero de sucesos del Rocky, Van Jackson, consiguió que una fuente de la oficina del juez de instrucción confirmase el tétrico detalle de que había ingresado en el depósito un cadáver partido en dos. A la mañana siguiente, el reportaje del Rocky dio la señal de alarma a los medios de comunicación de todo el país.
Mi hermano y su equipo del CAP trabajaban como si no tuvieran ninguna obligación de hablar con el público. Cada día, la oficina de prensa del Departamento de Policía de Denver daba a conocer una escueta nota anunciando que continuaba la investigación y que no se habían producido detenciones. Acorralados, los jefes declararon solemnemente que no permitirían que el caso fuese investigado por los medios de comunicación, lo cual era en sí misma una declaración ridícula. Faltos de información oficial, los medios hicieron lo que hacen siempre en estos casos: investigar por su propia cuenta, abrumando a lectores y telespectadores con una retahíla de detalles sobre la vida de la víctima que realmente no tenían nada que ver con el asunto.
Es más, casi nada se filtraba del Departamento y poco se sabía fuera del cuartel general de la calle Delaware, y al cabo de un par de semanas remitió el asedio de los medios, estrangulados por la falta de lo que era su fluido vital, la información.
Yo no escribí sobre Theresa Lofton. Pero lo había intentado. No era el tipo de historia qué aparece a menudo en este lugar, ya cualquier periodista le habría gustado hincarle el diente. Pero al principio Van Jackson trabajó en ella con
Laura Fitzgibbons, la reportera que cubría los temas relacionados con la universidad.
