
– Sean, ésta es una buena historia. Tú tienes…
– Yo no tengo nada y me importa un rábano lo buena que sea. Es una historia chunga, ¿vale, Jack? No puedo dejar de pensar en ello. Y no voy a ayudarte a vender periódicos con esto.
– Venga, hombre, yo soy escritor. Mírame. No me importa si vende periódicos o no. Me interesa la historia en sí. Me importa un carajo el diario. Ya sabes lo que pienso de eso.
Por fin me miró.
– Ahora ya sabes lo que opino al respecto -dijo. Me quedé un instante en silencio y saqué un cigarrillo. Por entonces había bajado quizás a medio paquete diario y podría habérmelo ahorrado, pero sabía que a él le molestaba. Así que me ponía a fumar cuando quería tocarle las narices.
– Estamos en la zona de no fumadores, Jack.
– Pues denúnciame. Al menos habrás detenido a alguien.
– ¿Por qué te pones tan gilipollas cuando no consigues lo que quieres?
– ¿Y por qué te pones tú? No lo vas a resolver, ¿eh? De eso se trata. No quieres que indague ni que escriba sobre tu fracaso. Estás tirando la toalla.
– Jack, eso es un golpe bajo. Ya sabes que eso no funciona nunca.
Tenía razón. Nunca funcionaba.
– Entonces, ¿qué? ¿Quieres para ti solo esa pequeña historieta de terror? ¿Es eso?
– Sí, algo así. Llámalo así, si es lo que quieres.
En el coche de Wexler y St. Louis yo iba sentado con los brazos cruzados. Era un alivio. Casi como si me estuviera recomponiendo por dentro. Cuanto más pensaba en mi hermano, menos sentido tenía todo para mí. Sabía que el caso Lofton le había caído encima como una losa, pero no hasta el punto de que hubiera querido quitarse la vida. Sean no era de ésos.
– ¿Usó su pistola?
Wexler me miró por el retrovisor. «Me está estudiando», pensé. Me preguntaba si sabría lo que había pasado entre mi hermano y yo.
