– Sí.

Entonces lo comprendí. No podía ser. Todo lo que habíamos vivido juntos y ahora esto. Ya no me importaba el caso Lofton. Lo que me estaban diciendo era imposible.

– No es propio de Sean.

St. Louis se volvió para mirarme.

– ¿Qué?

– Que él no lo habría hecho, eso es todo.

– Mira, Jack, él…

– Él no estaba harto de tratar con basura a todas horas. Le gustaba. Pregúntale a Riley. Pregúntale a cualquiera del… Wex, tú le conocías mejor que nadie y sabes que es mentira. Le gustaba la caza. Así es como lo llamaba. No lo habría cambiado por nada. Probablemente a estas alturas podría haber sido el ayudante del jodido jefe, pero no quiso. Quería trabajar en homicidios, por eso se instaló en el CAP.

Wexler no contestó. Ya estábamos en Boulder, en Baseline, camino de Cascade. Me oprimía el silencio dentro del coche. El impacto de lo que me decían que Sean había hecho me iba calando y me estaba dejando tan frío y sucio como la nieve que quedaba en el arcén de la autopista.

– ¿No dejó una nota o algo? -pregunté-. ¿Algo…?

– Había una nota. Creemos que era una nota.

Advertí que St. Louis miraba de reojo a Wexler y con la vista le decía que estaba hablando demasiado.

– ¿Qué? ¿Qué decía?

Hubo un largo silencio y después Wexler hizo caso omiso de St. Louis.

– Fuera del espacio -dijo-. Fuera del tiempo.

– Fuera del espacio. Fuera del tiempo. ¿Sólo eso?

– Sólo eso. Era todo lo que decía.

A Riley la sonrisa no le duró más de tres segundos. Inmediatamente se trocó en una mirada de horror sacada de aquel cuadro de Munch. El cerebro es un ordenador sorprendente. Tres segundos para mirar a tres caras ante la puerta y saber que tu marido ya no volverá a casa. La IBM nunca llegará a superarlo. La boca se le convirtió en un horrible agujero negro del que surgió un sonido ininteligible, antes del inevitable e inútil:

– ¡No!



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