– Riley -dijo Wexler apaciguador-. Vamos a sentarnos un minuto.

– ¡No, oh Dios, no!

– Riley…

Retrocedió desde la puerta moviéndose como un animal acorralado, yendo de un lado a otro, como si creyese que podría hacer que las cosas cambiasen si conseguía eludirnos. Se metió en la sala de estar. Fuimos tras ella y la encontramos hundida en medio del sofá en un estado casi catatónico, no muy distinto del mío. Entonces empezó a llorar. Wexler se sentó a su lado en el sofá. Big Dog Y yo nos quedamos de pie, callados como cobardes.

– ¿Está muerto? -preguntó ella, conociendo la respuesta pero dándose cuenta de que tenía que oírla. Wexler asintió.

– ¿Cómo ha sido?

Wexler bajó la mirada y dudó un instante. Me miró a mí y luego de nuevo a Riley.

– Se ha suicidado, Riley. Lo siento.

No podía creerlo, como me había pasado a mí. Pero Wexler tenía que contarle la historia como fuera y al poco ella dejó de protestar. Fue entonces cuando me miró por primera vez. Bañada en lágrimas, con una mirada implorante, como si me preguntase si estábamos compartiendo la misma pesadilla y si yo no era capaz de hacer nada por evitarlo. ¿No podía despertarla? ¿No podía decirles a esos dos, salidos de una película en blanco y negro, lo equivocados que estaban? Me acerqué al sofá, me senté a su lado y la abracé. Para eso estaba allí. Había presenciado esa escena tantas veces que sabía lo que se esperaba de mí.

– Me quedaré -le susurré- todo el tiempo que quieras. No contestó. Desde mis brazos se volvió hacia Wexler.

– ¿Dónde ha sido?

– En Estes Park. Junto al lago.

– No, a él no le gustaba… ¿qué estaba haciendo allí?

– Recibió una llamada. Alguien le dijo que tenía cierta información sobre uno de sus casos. Iban a encontrarse para tomar un café en el Stanley. Después, él… se fue en coche hasta el lago. No sabemos por qué fue allí. Lo encontró en el coche un guardia que oyó el disparo.



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