
– ¿De qué caso se trataba? -pregunté yo.
– Mira, Jack, no quiero meterme…
– ¡Qué caso! -grité, sin preocuparme esta vez por la inflexión de mi voz-. El caso Lofton, ¿no? Wexler asintió levemente y St. Louis salió de la sala sacudiendo la cabeza negativamente.
– ¿Con quién tenía que verse?
– Ya basta, Jack. No vamos a hablar de eso contigo.
– Soy su hermano. Ella es su esposa.
– Se está investigando todo, pero si estás buscando motivos de duda, no hay ninguno. Nosotros estuvimos allí. Se suicidó. Usó su propia pistola, dejó una nota y le hicimos la prueba de GSR 2 En invierno, en Colorado, la tierra sale en mazacotes congelados cuando la excavadora abre una tumba. Mi hermano fue enterrado en el Green Mountain Memorial Park de Boulder, a poco más de kilómetro y medio de la casa donde nos habíamos criado. De niños pasábamos cada día por el cementerio, camino del campamento de verano en Chautauqua Park. No recuerdo que nos hubiéramos fijado nunca en las lápidas al pasar, ni recuerdo haber pensado en los confines del cementerio como nuestra última morada, pero ahora eso es lo que iba a ser para Sean. Green Mountain se alzaba sobre el cementerio como un enorme altar, haciendo que pareciera aún menor la escasa asamblea reunida en torno a su tumba. Allí estaban, claro, Riley, junto con sus padres y los míos, Wexler y St. Louis, una veintena de policías, varios amigos de la universidad, con los que ni Sean, ni yo, ni Riley, habíamos tenido contacto, y yo. No fue un entierro policial de rigor, con toda la fanfarria y colorido. Ese ritual estaba reservado para los que caían en el cumplimiento del deber. Aunque se hubiera podido argüir que se trataba de una muerte en acto de servicio, el Departamento no la había considerado así. De modo que Sean no tuvo derecho al espectáculo y la mayor parte de la policía de Denver se abstuvo de acudir. Muchos de los de uniforme azul consideran que el suicidio puede ser contagioso.