
Yo era uno de los portadores del féretro. Ocupaba la primera línea junto con mi padre. En medio iban dos policías a los que no conocía, pero que eran miembros del equipo de Sean en el CAP, y Wexler y St. Louis iban detrás. St. Louis era demasiado alto y Wexler, demasiado bajo. Mutt y Jeff. Esto le daba al ataúd una inclinación desigual por la parte trasera mientras lo portábamos. Debió de resultar algo curioso. Mi mente desvariaba mientras avanzábamos con la carga y pensé en el cuerpo de Sean balanceándose en el interior.
No hablé mucho con mis padres ese día, aunque viajé con ellos en la limusina junto con Riley y sus padres.
Durante años enteros no habíamos hablado de nada importante y ni siquiera la muerte de Sean fue suficiente para salvar la barrera. Algo había cambiado en su comportamiento conmigo tras la muerte de mi hermana, veinte años atrás. Parecía como si yo, como superviviente del accidente, fuera sospechoso precisamente por eso.
Por sobrevivir. También estoy seguro de que desde entonces les habían disgustado todas mis elecciones. Me refiero a una serie continua y creciente de pequeños disgustos que se acumularon como los intereses de una cuenta bancaria, hasta que el saldo fue suficiente para que se refugiaran en una jubilación confortable. Nos sentíamos extraños. Yo sólo iba a verlos en las fiestas de rigor. De modo que ni yo tenía nada importante que decides, ni ellos tenían nada que decirme a mí. Aparte de algún que otro alarido salvaje del llanto de Riley, el interior de la limusina estaba tan silencioso como el interior del féretro de Sean.
Después del funeral me tomé dos semanas de mis vacaciones y una más que el periódico me daba por el duelo, y me fui solo a las Rocosas. Para mí, las montañas nunca habían perdido su esplendor. Era en esas montañas donde más rápidamente cicatrizaban mis heridas.
Me dirigí hacia el oeste por la 70, atravesé el Loveland Pass y superé las cumbres camino de Grand Junction.
